El Guernica refleja los horrores vividos en la Guerra Civil española, tomando ese bombardeo como punto.
Volvemos a tomar un tema pictórico en esta, nuestra querida Ruta 42, y es que no hay otra cosa ahora mismo en mi cabeza que no sean cuadros y movimientos artísticos. Y una futura visita al Prado en mi siguiente parada en Madrid, que es imperdonable no haber ido aún.
Desvariamos un poco más entre lienzos y pinturas, a un clic.
Desde el más remoto de los tiempos ha habido muchas separaciones entre las personas. Una de ellas era aquella que diferenciaba a los que sabían leer de los que no. Para satisfacer las necesidades de contar historias para estos últimos, la utilización de lo visual como instrumento era de lo más útil. Bastaba con contar la historia a quienes escucharan delante de ilustraciones o cuadros, para que, si sus memorias eran capaces de retenerlo, cada vez que volviesen a contemplarla, las palabras retornasen a sus mentes. Como quien coge un libro viejo y lo relee por enésima vez.
Sin embargo, y como todo lo costoso en la vida, con el paso del tiempo la cuna del Arte se transformó en poder económico y político. Tener las paredes del palacio llenas de retratos ecuestres, con familia o en solitario, pasó a significar grandilocuencia poderosa. Los mecenas eran señores con dinero suficiente para invertir en lo que otros consideraban un derroche de cantidades ingentes.
Por supuesto, al ser encargos, había que obtener un resultado que agradase al que soltaba la guita. Y no es que los lienzos de esos tamaños costase poco trabajo llevarlos a cabo.
Los tiempos pasaban y el cambio en la sociedad estamental era cada vez más evidente. Después llegaron los pintores de vida bohemia, esos que buscan la inspiración para aquello que harán durante el día en los oscuros burdeles y calles parisinas. Artistas que malvivían con cuatro duros, rodeados de compañía femenina a la que desnudaban no solo para que posaran para ellos. Enfermedades venéreas, muertes prematuras, suicidios... Todo un lujo para una película de trama decadente en la que no sólo se reflejan a este tipo de creadores de imágenes, si no también de historias mediante la palabra escrita. Véase Moulin Rouge.
También toda una riqueza poder situarse ante un cuadro conociendo el contexto en el que fue creado (tómese de ejemplo evidente el Guernica) y más incluso, en profundidad acerca de la biografía de su autor.
Difícil es comprender las intenciones pretendidas por el pintor sin conocer algo acerca de la época de su vida, en un lenguaje tan pretendido universalmente como complicado de entender cuanto más moderno sea, que es el del Arte, en cualquiera de sus manifestaciones.
Dale a alguien a leer a Joyce y conseguirás que deje la lectura.
Imagen de Wikipedia.
Una persona me decía un día que no debería ser así. Que lo que tiene que ser es que veas una obra y te transmita algo, vaya desde el agrado a la confusión, pasando por el disgusto. Pero, ¿acaso no ocurre parecido con la literatura? No puedes darle el Ulises de Joyce a un joven que acabe de iniciarse en el amplio mundo de las letras. Así lo único que conseguirás es asustarle y provocar su rechazo.
Pues lo mismo ocurre a hora de leer en un lienzo. Necesita de tiempo y preparación previa si queremos obtener algo que vaya más allá del “me ha gustado porque es bonito; o me ha repugnado porque es horroroso”.


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