Una nueva edición del Expocómic ha transcurrido este fin de semana para los amigos del cómic en Madrid. Una decimocuarta edición sin incidentes, pena o gloria que vuelve a limitar su innovación a cambiar las viñetas que se exhiben en las paredes y las siempre miles nuevas caras adolescentes que pasean con sus cosplays y ropajes frikis para deleite de muchos y vergüenza ajena de otros tantos.
Charlas y encuentros, presentaciones varias. Nombres como Rick Leonardi, Toñi de Zúñiga, Forges o Frank Quietly. Un monólogo de un tal Andrés Palomino en el que ser friki se convierte en algo que da para chiste. La zona de videojuegos (con presencia mayoritaria masculina, como siempre) con títulos actuales pero no nuevos.
Las actividades como cualquier otro año. Los karaokes y cosplays de rigor de la mano del grupo Densetsu. Otras asociaciones que también han estado son El Conejito Marginado, Otaku No Ki, ADAM u Otakumunidad Damned. Trivials, talleres y torneos. Algunos amigos que han estado en la zona de asociaciones me dicen que al menos los de Radio Ritmo que por allí estaban les animaron sus interminables jornadas.
Los autores invitados que estuvieron en mesas fueron, entre otros, Alfonso Azpiri, Émile Bravo, John Bogdanove, Carlos Giménez, Forges, Carlos Pacheco o David Esteban. Contaban temas en cierto modo interesantes, como siempre. La acústica tan mala como siempre. Gente que sin salirse del patrón esperado, acude a las zonas de coloquios no para escuchar lo que se dice, sino para sentarse en las sillas y hacer corrillo con los amigos para comentar cómo va la sesión. Cuántas fotos me han pedido, cuantos abrazos gratis he dado. Lo caro que está todo.
Caro, aunque los precios se mantienen, sino bajan. Unas tasas que ahogan a los stands, que cada vez y con más fuerza se pasan a la cultura japonesa dejando a un lado lo tradicional para estas citas, que ya no impera. Un stand que me llama especialmente la atención es el del merchandising de cantantes de J-pop y J-rock. Merchandising que es el final lo único que se compra. Eso y golosinas varias. En un recinto donde los carteles de “Prohibido Comer” siguen siendo punto de risas.
Tampoco quiero que se me entienda mal, el problema es la dinámica, de la que sé no me encuentro solamente yo insatisfecha, y es que se nos vendía como gran evento y sólo es un hogar de ciertos días concretos para nosotros los tarados (con taras) que sirven más de foco de reafirmación de la comunidad friki sin servir como punto en el que reflexionar o profundizar sobre esta cultura.
Los Narutos y los Kiras que siguen imperando (no hace falta mencionar siquiera a los Son Gokus o las Guerreros Lunas), sin permitir ya por lo quemado el comentario irónico de la confusión de escenarios (Expocómic y Expomanga). Igual sólo ocurre que algunos nos hacemos mayores.







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