Jeff Bridges vuelve a ponerse en la piel de Sam Flynn.
Se ha estrenado ya la esperadísima secuela de Tron, esa joya de la ciencia ficción nunca suficientemente ponderada, que en su momento recibió una tibia acogida por la crítica y se convirtió inmediatamente en filme de culto entre quienes vimos, en su estreno, que la informática determinaría el curso del cine.
David Felipe Arranz, periodista vallisoletano afincado en Madrid, nos hace llegar sus impresiones de Tron: Legacy.
Su director, Steven Lisberger, proveniente de la animación (Animalimpics), rodó un par de películas más para no volver a ponerse jamás detrás de una cámara –uno de los enigmas del cine de ciencia ficción actual–: mención especial merece la apocalíptica, inquietante y aventurera Slipstream. La furia del viento, cinta británica que daba la vuelta al personaje de Luke Skywalker incorporando astutamente al reparto a Mark Hamill en el papel principal, restándole toda la edulcoración que había vertido sobre él George Lucas en la saga galáctica y aproximándolo a la oscuridad ética de los cazadores de replicantes de Blade Runner. A Mark “Luke” Hamill lo acompañaron en esa aventura F. Murray Abraham y Ben Kingsley.
El ignoto Joseph Kosinski –sí, es su primera película y la Disney le confía un proyecto tan apasionante a alguien que filma un largometraje por primera vez– se estrena en la gran pantalla con Tron. Legacy. El guión, escrito a… ¡¡seis manos!! por Adam Horowitz, Richard Jefferies, Edward Kitsis, Brian Klugman, Lee Sternthal y el propio Lisberger (luchar contra cinco es difícil) vuelve sobre los pasos de Sam Flynn y revisa los entresijos, ya no de una computadora personal, sino de la Red entera –idea en germen del filme original que se sugería a partir del poder del Control Central sobre todo el sistema informático planetario–. Los efectos especiales aún siguen sorprendiendo por su intenso cromatismo, su maestría en la combinación de rostros humanos –Jeff Bridges, Bruce Boxleitner, Barnard Hughes y David Warner (genial villano)– y formas creadas por ordenador. La historia supuso un vuelco en la concepción de la Sociedad del conocimiento (¡hablamos de la década de los 80!), por cuanto Lisberger propone que el mundo que conocemos es un mundo en Red que a los hombres se nos va de las manos.
Tron, una película adelantada a su época.
Es decir, asistimos en 1982 a una audaz y profunda apuesta de ensayo en innovadoras imágenes que aún no ha sido superada en cuanto a diseño de producción y mensajes deslizados en una trama que abría la posibilidad de que una herramienta informática nos pixelara y engullera a las entrañas del mundo de las TIC para condenarnos a morir en los videojuegos. Era el otro ciborg anti star wars, el que posee dentro de sí la Red de redes tras anular su parte física y tangible... mas no sus afectos. Los avatares de la película se anticiparon en treinta años a los avatares creados por el usuario en las redes sociales: es mi clon cibernético el que se expone a morir en los juegos, no yo (hasta ahí, todo marcha bien); el problema es cuando es mi persona la que es “atrapada” por la red. Esa cuestión la destapó Tron con los avatares de Clu, Tron, Yuri, Dumont, Sark y un largo etcétera, correspondientes a otros tantos usuarios al otro lado de la interfaz.
Todos estos matices tan sutiles y vanguardistas, que abundaban en las direcciones que estaba tomando la ciencia y la tecnología de la comunicación por aquel entonces, en la fiesta de efectos de Tron Legacy se han perdido por completo: un avejentado Jeff Bridges interviene como Kevin Flynn sin demasiado esfuerzo, deambulando errabundo por un hogar digital, remedo del que acoge finalmente al dr. Dave Bowman en 2001. A Tron ni siquiera le vemos el rostro –sí a su alter ego de carne y hueso, Alan Bradley (Boxleitner) por el que han pasado al igual que Bridges un montón de inviernos– y Clu aparece poco convincente tras una malograda operación de cirugía informática, consistente en el esfuerzo vano de recomponer la cara de Bridges tal cual la tenía a comienzo de los 80, pero les ha salido mal, porque los Reyes Magos me han dejado en los zapatos muñecos de goma articulados más expresivos que este Bridges-Clu avillanado del Parque de atracciones.
Así luce la nueva entrega de Tron.
Y lo peor aún no ha llegado. La Disney ha encargado a Kosinski que adapte y estrene en 2012 una joya de la ciencia ficción, una película de referencia para toda una generación, la imaginativa y cuasi gótica El abismo negro (The Black Hole, 1979), en la que un Maximilian Schell en estado de gracia daba la réplica en el ámbito del terror científico en una siniestra estación espacial a un reparto de campanillas: Ernest Borgnine, Yvette Mimieux, Anthony Perkins, Robert Forster y Joseph Bottoms. El guión lo está escribiendo Travis Beacham, el autor del desastre de la última versión de Furia de Titanes (Clash of the Titans, 2009). El mítico filme de Gary Nelson es una pieza de precisión bendecida por la extraordinaria banda sonora de John Barry que va ganando fuerza y adeptos con el paso del tiempo.
Que el tío Walt nos pille confesados.



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