De un tiempo a esta parte, están lloviendo hombres, pero no como dice la canción, sino hombres podridos. Hasta en grandes superficies comerciales como la Fnac dispone de un rincón único y exclusivo para la temática zombi, es difícil dar un paseo por el centro urbano de cualquier ciudad sin toparse con alguna referencia a los mismo. ¿Y esto, a qué viene?
Por todos es sabido que la industria va por modas, y en su implacable expansión para sacarle los cuartos al personal, poco le importa si los medios que usa son audiovisuales o en papel. En los tiempos de nuestros padres, los westerns y los peplums eran lo que más estaba en la onda. El mercado estaba copado de películas, libros, cómics (en aquel entonces llamados tebeos) y juguetes sobre vaqueros, indios, romanos y gladiadores.
De un tiempo a esta parte, parece que los nuevos vaqueros son los muertos vivientes, los zombis, los podridos, o como se les quiera llamar. Lo que hace no muchos años era una mera anécdota que los fans paladeaban lentamente y con gusto, ahora es un producto de masas.
A pesar de la popularidad de Resident Evil, el renombre de George A. Romero o aquella época dorada del casquerío italiano, todo esto de los zombis seguían siendo algo relativamente marginal. Fue entonces cuando los aficionados se alegraron de los fuerte que pegó en su día películas como El Amanecer de los Muertos (el remake del desconocido, en ese momento, Zack Snyder, claro está), o la española [REC] (de Paco Plaza y Jaume Balagueró), que siempre sienta bien sentir cómo aquello que sucede dentro de la patria tiene repercusión internacional sin estar relacionado con toros o desfalcos.
A partir de ahí empezó el desmadre. Al principio, se acallaban las voces escépticas porque, seamos sinceros, a todos les venía bien tener más a mano que antes productos relacionados con sus amigos apestosos. Incluso de toda esta moda surgieron ideas realmente buenas, como Guerra Mundial Z y la Guía de Supervivencia Zombi (ambos libros escritos por Max Brooks), que a partir de una falsa documentación y una aparente seriedad, le sacaron la sonrisa a todos. Nunca se debe dejar de recomendar, por cierto, el cómic Los Muertos Vivientes, de Robert Kirkman, cuya adaptación para televisión ya ha empezado.
Hay quienes marcarían como punto de ruptura de toda esta fiebre zombi la aparición en el mercado del libro Orgullo y Prejuicio y Zombies, donde el autor, Seth Grahame-Smith, no tenía inconveniente alguno en figurar como compañero de Jean Austen. La polémica se desató tanto a favor como en contra; a pesar de todo, se le debe reconocer el mérito de habérnosla metido doblada a todos.
Queda mejor ilustrado si se hace una analogía con el arte moderno: el primero que consiguió colar un cuadro aparentemente hecho por un niño sin control sobre sus esfínteres tuvo su mérito (como Seth Grahame-Smith), pero la legión de seguidores/imitadores, muy caraduras todos, son el verdadero problema.
Tratando de aprovechar una idea ajena para lucrarse personalmente, saturan el mercado con tonterías donde cualquier cosa vale para mezclarlo con los zombies: el Lazarillo de Tormes, Don Quijote, Red Dead Redemption, los nazis, y un largo, larguísimo etcétera. Un aluvión de sinsentidos que ha acabado por cansar a los antiguos fans, mientras los neófitos en el asunto se creen unos eruditos sin haber visitado los clásicos.
Eso sí, si al agotamiento del mercado se le suma el fenómeno Crepúsculo (que es para echarle de comer aparte), queda la remota esperanza de que la industria deje descansar en paz a los muertos y se dedique a explotar sin compasión alguna a los vampiros (aunque no es momento de iniciar una discusión sobre si son vampiros o gusiluces).

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